Tras desplomarse en su asiento, Nahuel se despidió por la ventanilla de sus problemas del trabajo. Al cansancio acumulado de toda la semana se le había sumado la tristeza que traen consigo los días de invierno, no sólo por el frío que aplaca los espíritus, sino porque los días se tornan más cortos y al finalizar nuestra jornada laboral alcanzamos a ver como se refugian los últimos rayos del sol, aquellos que, con algo de suerte, pudimos ver asomarse por sobre los edificios antes de atiborrarnos en nuestros cubículos de trabajo.
El bamboleo del colectivo fue cerrando los ojos de Nahuel que, minuto a minuto, cuadra a cuadra, fue sintiendo como se acercaba el fin de semana. De entre los olores que fluctuaban en el aire enrarecido, producto del encierro y del ir y venir de las personas, un intenso aroma a plastilina lo sacó de su somnolencia y lo transportó a sus tardes de niño en las que moldeaba el mundo según los dictámenes de su imaginación. Inmerso aún en su nostalgia Nahuel abrió sus ojos tratando de dilucidar en qué parte del trayecto se encontraba y para su sorpresa las pocas personas que viajaban junto a él y todo lo que lo rodeaba estaba hecho de plastilina. Tentado por la irresistible invitación que le ofrecía el destino, se levantó de un salto y comenzó a jugar con su entorno, cambiando las posiciones de las personas, modificando todo lo que no le gustaba, acomodando el mundo a su antojo. Al llegar a su parada Nahuel abandonó el colectivo dejando atrás el cansancio y el estrés que tanto lo aquejaban e ignorando por completo la masacre que su delirio había producido.
miércoles, junio 17, 2009
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