miércoles, junio 17, 2009

Almohadas Fluorescentes

En una casa de los suburbios Aldemio arropó a su hijo Dalmiro y le dio un cálido beso en la mejilla. Pa, puedo dodmid con la luz enzendida, le dijo Dalmirito a su padre que ya estaba dirigiéndose a su propia habitación. Dalmiro al ser tan chiquito aún hablaba con errores de ortografía. No ijo, no te preocupes que los monstruos no existen, A menos que te ayas portado mal, Aí sí, los monstruos aparecen debajo de tu cama esperando que te duermas para llevarte al mundo de los monstruos y comerte los ojos. Aldemio varios años atrás había decidido hablar sin haches, Total en la mayoría de los casos no se pronuncian, pensaba. Claro que esta decisión conllevaba algunos inconvenientes, como el impedimento de decir la palabra Chucho frente a su pequeño hijo. No, ijo, no te preocupes, era solo una broma, confesó Aldemio entre risas mientras apagaba la luz y cerraba la puerta dejando a su hijo temblando bajo las sábanas. Lo que no sabía Aldemio era que Jacinta, su mujer, había comprado unos almohadones con ojos fluorescentes que brillan en la oscuridad y los había escondido bajo la cama para dárselos como regalo a Dalmirito la mañana siguiente, ni que cinco minutos más tarde Dalmiro, juntando coraje, iba a espiar debajo de su cama, acto que le iba a provocar un grito ahogado y un trauma que le iba a impedir mirar a la gente a los ojos por el resto de su vida.

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